
Estaba cansado, tanto que su figura vista a través de la ventana semi empañada de la cocina, parecía la de un modelo que está a punto de finalizar su metamorfosis para convertirse en una figura de cera.
Su piel de ceniza, su mirada en coma caia lángidamente sobre aquellas manos viejas abiertas en su regazo, con las palamas hacia arriba... manos que se dirian muertas también si no fuera porque los pequeños temblores del parkinson recordaban que un pequeño rastro de vida aun se retorcía en el.
Me preguntaba si sería capaz de ver la sangre de sus errores en aquellas manos que parecían las más vacías del mundo. Tal vez simplemente miraba atónito como la vida se le había escapado entre los dedos, tal vez había descubierto demasiado tarde que nadie puede retener el agua de las oportunidades entre ellas...
Contemplandole ahí, derrumbado sobre aquel viejo sofá, quizá su único fiel compañero, recordé su vida en la mia, pude situarlo con sus amigos en aquellas noches de "fiesta loca", el día de su primer "si quiero", adiviné el fogonazo de vida en su mirada cuando tomó por primera vez a Luis, su primer hijo, entre los brazos, y despues... todos sus errores...aquellos que hicieron que perdiese su familia, su vida, su rumbo, como una hoja de sauce que desprendida de la rama, cae en el rio de la vida que lo arrastró hasta la cienaga pestilente y muerta en la que aparentemente se encontraba hoy.
Un profundo escaolofrio se adueño de mi médula y pude sentir el penetrante hielo de la soledad, su soledad, cortando lo más profundo de mis pensamientos.
Aunque llegué a sentir la soga de las lágrimas atada con fuerza a mi garganta, no pude llorar.
En ese instante una mujer con un aspecto mucho más juvenil de lo que sus andares indicaban, se acercó a él por detrás, y dejando con suavidad las bolsas que parecian llenas de plomo, apoyadas en uno de los laterales del viejo sofá, depositó con el cariño que solo un ángel puede ofrecer, un suave beso en la mejilla de aquel hombre.
Fue entonces cuando asistí al milagro de la resurreción, en un segundo, la vida parecía de repente desbordar la mirada de aquel anciano, dejando un rastro de felicidad en la comisura de sus labios.
Sin apartar la mirada de él, la mujer arrastró una silla para sentarse a su lado, y aquellas manos que unos instantes antes rezumaban un vacío únicamente comparable al de su mirada, súbitamente se llenaron de vida cuando ella las tomó entre las suyas, y como si de un conjuro se tratase, al acariciarlas, la felicidad terminó por explotar sobre el rostro cuarteado del anciano, tomando la forma de una sonrisa tan amplia como imposible.
Cerré mis ojos... y ahora si ... un par de lágrimas venían a recordarme que no estaba todo perdido...
Mi tiempo había terminado en aquel lugar, era hora de regresar, y esta vez con más ganas que nunca, tenía tanto trabajo por delante... había un mundo en ruinas en mi interior que necesitaba recuperar la vida que yo le había quitado.
Murmuré las instrucciones adecuadas y milesimas de segundo más tarde me encontraba de nuevo sentado en el laboratorio, con aquella repugnante sensación en la boca del estómago, que cada salto temporal me producia. Tomé aliento, cerré los ojos y sonreí al descubrir la increible pirueta con la que la vida se había retorcido ante mi.
Había sido necesario perder la vida investigando como viajar en el tiempo. Años de complejos cálculos, y cientos de saltos en el tiempo con el fin de ayudarme a decidir si debía o no ir a hacerme una visita a mi mismo en el futuro, y todo para descubri que las respuestas a lo que realmente me importaba, residían únicamente en el presenté...
Sonreí como ahora sabía que lo iba a hacer decadas más tarde, cuando llegase el momento en el que aquella mujer que aun no conocía, tomase mis manos entre las suyas, y desde aquel día, ya nada volvió a ser lo mismo en mi vida...
Tan solo volví a hacer un salto más, esta vez al pasado, para dejar en el buzón de casa de mi tararabuelo esta breve historia.
Ave mundi luminar
Otoño 2008