
Al marcharse el sol recogí toda la ropa del tendedero y dejé un rastro de lavanda sobre la cama para que tu lo vieras al volver del trabajo.
Salí a la calle oteando de puntillas el horizonte por si volvías antes de hora a casa.
Sentí el cortante viento del norte paralizar mis dedos que tamborileaban inquietos sobre la barandilla, y al final llegaste a mi vida en forma de ausencia, esa noche y mil más. Y arropaste con élla millones de pequeños detalles que rompieron a llorar sobre los ladrillos silenciosos de aquella realidad que yo mismo había forjado.
Sentí tus esperas, sentí tus ilusiones estrelladas contra los muros de mi ignorancia, y sentí una vez más, tus caricias teñidas de negro miedo.
Abracé la vida que no supe vivir, justo cuando la figura de hielo que yo mismo tallé, se hubo desvanecido al calor de los recuerdos. Y así fue como un día me descubrí mirando atónito a la transformación en realidad, de aquel oscuro presagio que un día compartí contigo entre café y tostadas.
Al marcharse el sol, te descubrí en el recuerdo de aquella mirada de ojos verdes y cara de niña.
Al marcharse el sol mi amor, descubrí que ya no estabas.