
...Nos hacemos mayores, nuestra endurecida piel de elefante supuestamente sabio y sesudo, pierde flexibilidad y tersura consiguiendo que el contacto con otros cuerpos termine por hacerse insoportable, escoriando de forma sangrante la piel de aquel que nos acaricia... consiguiendo finalmente que el calor se aleje de nuestra pose social, untando de frío incluso el santuario de nuestro hogar más íntimo.
Con el tiempo decenas de pequeñas manías nos acompañan como un rosario de huesos amarillentos, otorgándonos una aparente identidad que solo luce bajo nuestra mirada autista, bestializando la presencia, endureciendo las facciones, enrareciendo la melodía que en otro tiempo fluyó natural y bella en su propia sencillez.
En ocasiones confundimos la sinfonía de manías que nos acompaña con nuestra propia voz, les otorgamos el grado de "identidad" al tiempo que las transferimos a esa tierra estéril que muchos llaman "su espacio". Levantamos altares a su alrededor y las defendemos a veces con nuestra propia vida, ante cualquier agresor que ose cometer el sacrilegio de transgredirlas, al grito de "no me respetas, si me quieres, esto es lo hay!".
Con el tiempo, decoramos la morada del alma con miles de pequeños "tics sociales" que finalmente conforman una cacofonía difícil de soportar para cualquiera, y cuando alguien pretende tan solo moverlas de sitio para que no molesten, nos enfurruñamos y cargamos contra la persona que pretende entrar en nuestro espacio.
Las manías, como piedras en el zapato de la convivencia, nos ofuscan, nos dislocan las articulaciones del cariño, y en ocasiones son la excusa perfecta para señalar al "otro" como el verdadero culpable de que la vida, nuestra vida, sea insoportable.
En demasiadas ocasiones he señalado "las rarezas" de la gente que me rodeaba, sin darme cuenta de que para hacerlo, tenía que subirme a la montaña de mis propios defectos con la triste esperanza de que así se me escuchase mejor...
Manías inútiles, manías que estrechan la tráquea por la que el corazón respira.
Manías que nos impiden escuchar la profundidad de un "te quiero", con la nitidez con la que solíamos hacerlo.
Manías que nos postran cara a esa pared en la que tan solo podemos alcanzar a balbucear nuestro propio nombre.
Un abrazo.