De forma natural como si de sedimentos se tratasen, se posan en el fondo del corazón los recuerdos más densos, los barros de la memoria, la ciénaga que cada cual ha ido atrapando con el paso de su existencia.
Y arriba, en la superficie, quedan al fin, solo sensaciones, livanas, a penas un fino polvo que se desliza como la arena en el fondo del mar, al ritmo de las corrientes que circulan poderosas ordenando lo 'no manifiesto'.
Solo tenenos que concedernos tiempo, el tiempo suficiente para sincronizar el ritmo natural de todo, con el de nuestro verdadero yo.
Contamos con la capacidad de reordenar los posos del corazón, y siempre se puede llamar a la puerta de la serenidad si se está dispuesto a emplear algo de tiempo para esperar en el alfeizar a que la calma nos abra las puertas del alma, porque su paso es lento, como lento es el ritmo de la propia vida, ese que en tantas ocasiones olvidamos, y que nada ni nadie puede acelerar, ni tan siquiera la angustia que produce el espejismo de las oportunidades perdidas...